UX · UI · Product Design
Un proceso de evaluación para leasing tardaba días, dependía de validaciones manuales y limitaba el crecimiento sin escalar personal. Lideramos un discovery estratégico para transformar el modelo y los pasos del negocio desde sus fundamentos.
La evaluación para leasing abarcaba múltiples etapas —primer contacto, evaluación, aprobación, formalización y posventa— pero el flujo entre ellas era fragmentado y manual. Un caso podía tardar varios días desde el primer contacto hasta la aprobación final, impactando directamente la experiencia del cliente y la tasa de conversión.
A nivel interno, el backoffice enfrentaba reprocesos constantes por información incompleta. La carga se concentraba al final del mes y el modelo dependía de tareas manuales que hacían inviable escalar sin multiplicar recursos humanos y costos operativos.
El análisis reveló que los problemas no eran fallas aisladas, sino síntomas de un diseño de proceso que nunca fue pensado para escalar.
Del análisis emergió un portafolio de cuatro iniciativas priorizadas por impacto y viabilidad, orientadas a reducir fricción, automatizar lo repetible y liberar capacidad humana para lo que importa.
Una aseguradora necesitaba que sus equipos adoptaran el mindset ágil como forma de trabajar, no como teoría. Diseñé la arquitectura de una jornada de nueve horas construida sobre cuatro dinámicas lúdicas — y después acompañamos a los equipos durante un mes, observando sus ceremonias reales hasta que el método quedó en uso.
El cliente no necesitaba otra capacitación de Scrum donde los participantes toman nota y olvidan al día siguiente. Necesitaba que distintos equipos internos vivieran el método: que entendieran por qué el backlog existe, qué hace realmente un Product Owner y cómo negociar prioridades cuando todos tienen urgencias.
El reto de diseño era claro: traducir conceptos abstractos en experiencias concretas y transferibles, en un único día, con grupos mixtos en cuanto a rol y experiencia previa.
Investigué qué dinámicas se usan en este tipo de formación ágil y adapté cuatro de ellas al caso del cliente. El aporte no estuvo en inventar los juegos —son formatos conocidos en la comunidad de facilitación— sino en elegirlos, personalizarlos y ordenarlos: cada participante experimenta el problema antes de que alguien le explique el concepto, y la secuencia sube en complejidad de la comunicación individual a la simulación de negocio completa.
El taller era el punto de partida, no el entregable. Durante un mes acompañamos a los equipos de forma virtual, entrando como observadores a las ceremonias que ellos mismos iban montando. Ver el método en su contexto real —y no en una simulación— fue lo que permitió detectar dónde se trababan y despejar las dudas concretas de cada equipo.
El feedback al cierre fue positivo de forma consistente. Es la medida más fácil de obtener y la menos concluyente: dice que el día funcionó, no que el método se adoptó.
Los equipos empezaron a implementar las ceremonias poco a poco, construyeron un backlog y fueron incorporando el vocabulario. No hubo un antes y un después: hubo una curva.
Con cada ceremonia nueva los participantes se movían con más soltura. El taller les dio el criterio; la práctica repetida y el acompañamiento les dieron la confianza.
Lo que más me dejó el proyecto: una jornada bien diseñada genera entendimiento, pero la adopción de un método necesita presencia sostenida en las primeras semanas de uso real.
Una plataforma con años de operación que sus propios usuarios evitaban: para gestiones que podían resolver solos, terminaban recurriendo al personal interno. Rediseñé la experiencia partiendo por construir el sistema de diseño, y sobre esa base reordené flujos y pantallas para web responsive.
El cliente llegaba con una plataforma que ya llevaba varios años en operación. En la primera presentación quedó claro que el problema no era funcional: el producto hacía lo que tenía que hacer. Lo que no acompañaba era la experiencia. Casi cualquier información se resolvía con una tabla, la interfaz arrastraba un estilo que no había evolucionado con el producto, y llegar a una acción concreta tomaba más pasos de los necesarios.
El discovery se centró al 100% en Salacuna, con foco en el perfil empresa/Cliente — la administradora que gestiona el beneficio dentro de la empresa — confirmado como la prioridad del rediseño. Dos instancias: una sesión interna de negocio y cinco entrevistas con usuarias reales.
Cada hallazgo quedó etiquetado con su origen —entrevista, hipótesis interna o revisión del front— y con su estado respecto del alcance. Separar lo que dijeron las usuarias de lo que suponía el negocio fue lo que evitó rediseñar problemas imaginarios.
La fricción que hoy resuelve una llamada es la misma que mañana hace que el cliente deje de usar la plataforma.
Ninguno de estos hallazgos es solo de usabilidad. Encadenados forman una escalada conocida: la tarea que la plataforma no resuelve se convierte en una llamada, el trabajo migra al correo o a la propia beneficiaria, y el cliente que se acostumbra a resolver por fuera deja de percibir el valor del beneficio. Al revés también aplica — una plataforma que funciona y se muestra bien ayuda a ganar clientes, no solo a retenerlos.
Traducirlos así fue lo que consiguió que el rediseño dejara de discutirse como un tema estético y pasara a ser una decisión con dueño y presupuesto.
Dentro del alcance de front, los hallazgos se consolidaron en ocho frentes. Traducir una lista de dolores en frentes accionables es lo que permitió priorizar sin reabrir la discusión en cada pantalla.
Con el diagnóstico sobre la mesa, la decisión fue no empezar por las pantallas. Si el problema era consistencia, jerarquía y recorrido, ir pantalla por pantalla solo habría maquillado los síntomas. Construí primero el sistema de diseño y, recién sobre esa base, reajusté el UX/UI.
La marca ya tenía tokens, paleta y una firma visual —el chamfer, el corte a 45°—. Lo que no tenía era un sistema: reglas explícitas de cuándo usar cada cosa. Documenté una regla de oro que gobierna todo el front —el texto siempre en Deep Blue, los colores vivos como superficie y nunca como texto, el verde reservado para la acción— y sobre ella levanté la librería completa: botones, holding shapes, formularios, cards, tablas, estados e íconos, cada uno con sus variantes y su spec.
Construirlo antes de rediseñar fue lo que permitió que las decisiones no se volvieran a discutir pantalla por pantalla — y, más tarde, que la versión móvil no necesitara componentes nuevos.
Las mismas funciones, tres módulos clave. A la izquierda la plataforma que encontramos; a la derecha, la misma pantalla reconstruida sobre el sistema de diseño.
El panel dejó de ser una tabla que hay que leer y pasó a ser un tablero que se escanea. Los estados que antes vivían en celdas con íconos de semáforo ahora son tarjetas donde la cifra es el elemento más grande, y el color codifica la situación en lugar de decorarla.
La ficha tenía toda la información al mismo nivel visual, sin jerarquía que indicara qué era editable, y cinco botones de contorno azul compitiendo en la cabecera. El rediseño la agrupa por bloques —niño, trabajador, sala cuna—, marca con candado lo que no se puede modificar y con lápiz lo que sí, y deja arriba una sola acción principal.
Además del cambio visual, aquí se corrigió la nomenclatura: el módulo pasó de «Establecimientos» a «Salas cuna», que es como lo llaman los usuarios. El mapa por defecto se reemplazó por uno con marcadores propios, los filtros se agruparon por bloque temático y se marcó explícitamente cuál es el único obligatorio.
La plataforma solo vivía en escritorio. Diseñar la versión móvil no fue encoger la de escritorio: las tablas se vuelven tarjetas, los filtros se repliegan en un panel desplegable y la navegación horizontal pasa a menú. Como el sistema de diseño ya contemplaba el comportamiento responsive, la adaptación no necesitó componentes nuevos — solo aplicar los que ya estaban definidos.
Los filtros se repliegan en un panel desplegable y el listado conserva las tres acciones por fila.
La tabla se convierte en tarjetas, una por niño, con el estado siempre visible.
Los campos pasan a una sola columna y el candado sigue marcando lo que no se puede editar.
El calendario de asistencia se resuelve para el pulgar, sin perder los tres estados del día.
Una trattoria gestionaba todas sus reservas por teléfono, con el personal atendiendo llamadas mientras servía mesas. Diseñé la capa conversacional de Francesco, su asistente telefónico: los flujos de diálogo, la librería de contexto que le da de qué hablar y el trato con el que se dirige a las personas.
La trattoria gestionaba el 100% de sus reservas por teléfono, con un personal que debía atender llamadas mientras servía a los clientes presenciales. Las reservas fuera del horario de atención se perdían. Los errores en la toma de datos eran frecuentes. Y el proceso dependía por completo de la disponibilidad de una persona.
El desafío no era solo automatizar — era diseñar una experiencia de voz confiable, natural y coherente con la identidad del restaurante, sin que el cliente sintiera que estaba hablando con un sistema frío.
Mapeé el diálogo completo: el camino ideal, las variaciones reales del lenguaje, el manejo de error y las salidas de excepción. No construí el motor de voz — trabajé sobre la capa de experiencia: qué pregunta el agente, en qué orden, cómo devuelve lo que entendió y qué hace cuando no entiende.
Un asistente de voz no sabe nada del negocio hasta que alguien se lo escribe. Construí la librería de contexto: el menú, los horarios, las políticas de cancelación, los eventos vigentes y —lo que más trabajo dio— el mapa del salón. La armé como el briefing que le darías a un mozo nuevo en su primer día: no lo que el sistema necesita, sino lo que hace falta para responder bien.
El croquis fue la pieza clave. El cliente no pide «la mesa 7»: pide «algo tranquilo» o «afuera». Para que el agente pudiera ofrecer eso, cada mesa tuvo que entrar con su zona, su capacidad y las expresiones con que la gente suele pedirla.
Ponerle nombre al asistente fue la primera decisión: Francesco no es un detalle simpático, es lo que permite que se presente sin fingir ser humano. Después vino traducir el registro de la trattoria en reglas concretas de conversación — porque no basta con decir «cálido y cercano»: hay que escribir qué frases entran y, sobre todo, qué frases quedan fuera.
El guion no se escribe para el camino fácil. Este es el caso que más trabajo dio: un cumpleaños de once personas que necesita dos mesas unidas en la terraza — algo que no entra en el flujo estándar de reserva. Al margen, la decisión de diseño detrás de cada respuesta.
Hola, buenas. Quería ver si pueden hacerme una reserva para un cumpleaños.
Buenas tardes, gracias por llamar a Trattoria Bellucci. Soy Francesco, el asistente. Con gusto le ayudo. ¿Para cuántas personas sería?
Se identifica como asistente en la primera frase, antes de que el cliente pueda equivocarse.
Seríamos como diez, once.
Vamos con once, así queda margen. Para un grupo de ese tamaño juntamos dos mesas en la terraza, no hay problema. ¿Qué día lo tienen pensado?
Resuelve el caso especial antes de que el cliente tenga que pedirlo. Anticipar evita que el cliente sienta que está pidiendo un favor.
El sábado.
El sábado 12, entonces. ¿A qué hora les viene mejor?
Devuelve lo entendido convertido en dato concreto: «el sábado» pasa a ser una fecha. Si entendió mal, el cliente lo corrige acá y no al final.
No sé, ¿qué me recomienda?
Le recomendaría las ocho y media. A esa hora ya bajó el sol, se está fresco en la terraza, y todavía no llegó el movimiento de las nueve. ¿Le sirve?
No propone un horario a secas: explica por qué. Una recomendación sin motivo se siente como un empujón.
Perfecto, ocho y media.
Anotado. En la terraza tenemos dos sectores: el del fondo, más apartado, y el de adelante, que da a la calle y es más animado. Para un cumpleaños suele funcionar mejor el del fondo, porque se puede cantar sin molestar a las otras mesas. ¿Cuál prefiere?
Acá trabaja la librería de contexto: el agente conoce los sectores de la terraza y qué carácter tiene cada uno. Sin el croquis, esta pregunta no existe.
El del fondo está bien.
¿Alguno de los invitados tiene alguna alergia o algo que la cocina deba tener en cuenta?
Un dato que el sistema de reservas no pide, pero el servicio sí necesita. Preguntarlo antes evita el problema en la mesa.
Sí, mi cuñada es celíaca.
Lo dejo anotado para la cocina. ¿A nombre de quién hago la reserva?
Marcela Ríos.
Le repito para confirmar: sábado 12, ocho y media de la noche, once personas, dos mesas juntas en el sector del fondo de la terraza, y una comensal celíaca. A nombre de Marcela Ríos. ¿Está todo bien?
Repite todo antes de registrar. Es el momento más importante de la llamada: lo que se confirma acá es lo que queda en el sistema.
Sí, todo bien.
Listo, Marcela, la reserva queda registrada. Si necesitan cambiar algo pueden llamar a este mismo número. Que tengan un lindo festejo.
Cierra diciendo qué pasó y qué hacer si algo cambia. Nadie cuelga sin saber en qué quedó.
Reconstrucción del guion a partir del caso trabajado. Las decisiones de diseño anotadas al margen son las que gobernaban la conversación real.
Un beneficio nuevo para los colaboradores de una empresa: pedir un préstamo personal sin pasar por nadie. Diseñé el canal autogestionado completo —simulación, solicitud, evaluación y desembolso— apoyado en el historial de pago que la persona ya tiene con la entidad.
Avanza no digitalizaba un proceso existente: era un producto nuevo. Una empresa quería sumar a su paquete de beneficios el acceso a un préstamo personal para sus colaboradores, con mejores condiciones que las del mercado. El canal se apoya en algo que la entidad ya tenía: el historial de pago de quienes tomaron un préstamo antes, que habilita una oferta pre-aprobada para uno nuevo.
El flujo principal lleva al cliente por un recorrido lineal pero lleno de decisiones de diseño: bienvenida, ingreso, perfil con oferta pre-aprobada, simulación, evaluación y desembolso. Estas son cinco vistas clave del prototipo navegable.
Flujo navegable de 16 vistas, construido y prototipado en Figma.
Antes de diseñar pantallas, mapeé qué tenía que pasar por dentro. El aterrizaje consistió en descomponer el enunciado "que el cliente lo haga solo" en un recorrido con lógica real: elegibilidad, cálculo de cuota, estados de la solicitud y casos borde.
Para que la solución fuera escalable y traspasable a desarrollo, construí un sistema de diseño propio, documentado para mapear 1:1 a estilos y componentes en Figma.
El canal es autogestionado para el cliente, pero el producto tiene dos caras: detrás sigue habiendo un equipo comercial que lo coloca y le da seguimiento. Más allá del encargo, propuse y aterricé un perfil de ejecutivo — identidad del equipo, métricas de colocación y conversión, ranking e historial de atenciones — para que la gestión comercial y la trazabilidad postventa no quedaran fuera del sistema.
Diseñarlo con los mismos componentes demostró que la solución escala como ecosistema y no como pantalla suelta: dos experiencias distintas, un solo sistema de diseño.
La cobranza de una financiera vivía en un cuaderno: vencimientos, promesas de pago y recordatorios anotados a mano por cada ejecutivo. Diseñé la plataforma que lo reemplazó — cartera priorizada, agenda de seguimientos y supervisión de equipo, en escritorio y móvil.
La gestión de la cartera se llevaba a mano. Las fechas de vencimiento, las promesas de pago y los recordatorios de cada cliente vivían en el cuaderno personal de cada ejecutivo. Funcionaba mientras la cartera fuera chica y la memoria alcanzara — y dejó de funcionar antes de que alguien lo notara.
Este no era un problema que necesitara meses de investigación. El proceso estaba a la vista y el equipo sabía perfectamente qué le dolía. Hice un levantamiento acotado — entrevistas con el equipo de cobranzas para reconstruir cómo gestionaban el día a día — con un objetivo concreto y único: definir qué módulos debía tener el sistema y en qué orden construirlos.
Dimensionar la investigación al tamaño real de la incógnita también es una decisión de diseño. De ese levantamiento salieron cuatro pilares, y cada pilar se convirtió en un módulo de la plataforma.
Cada pilar del levantamiento se tradujo en un módulo con una pregunta que responder. Ninguna pantalla existe porque quedaba bien: existe porque contesta algo que antes se contestaba con el cuaderno, o no se contestaba.
El ejecutivo, el supervisor y el administrador entran al mismo producto y necesitan cosas distintas. En vez de construir tres plataformas, diseñé una que se reorganiza según quién la abre: cambia la navegación disponible, cambian los datos que se ven y cambia el alcance de las acciones.
Ve su cartera, su agenda y sus casos críticos. La pregunta que resuelve es "a quién llamo ahora", así que el panel abre directo en las gestiones del día.
Ve avance contra meta, cumplimiento de promesas y ranking de desempeño. Puede reasignar los casos críticos que un ejecutivo no logra mover.
Define los tramos de morosidad, los estados del caso y los usuarios. No gestiona cobranza: configura el marco dentro del cual los demás la gestionan.
Mantener un solo producto con vistas por rol evita triplicar el mantenimiento y permite que un supervisor entienda la pantalla de su ejecutivo sin aprender otra interfaz.
El ejecutivo de cobranzas no está sentado frente a un escritorio: visita clientes, llama desde el auto, registra una promesa apenas cuelga. La versión móvil no es el escritorio encogido — es una jerarquía distinta, donde primero aparece qué hay que hacer hoy y los filtros de cartera se vuelven chips de un toque.
Reemplazar un cuaderno no es digitalizar un cuaderno. La tentación era construir una lista de clientes con fechas — una versión electrónica de lo mismo. Lo que el equipo necesitaba era que el sistema tomara decisiones que antes tomaba la memoria: qué es urgente, qué está por caerse, a quién le toca.
El otro aprendizaje fue sobre la proporción del research. Con un proceso observable y un equipo que sabía nombrar sus dolores, un levantamiento breve y dirigido dio lo que hacía falta para decidir la arquitectura. Investigar de más habría retrasado el producto sin cambiar ninguna de las cuatro decisiones importantes.
Diseñadora de producto UX/UI con más de seis años en fintech, banca y seguros. Mi trabajo empieza antes de que el problema tenga forma de producto: investigo, ordeno la complejidad operativa y la convierto en algo que la gente pueda usar sin que nadie se lo explique. Hoy lidero el portafolio de innovación en Lilab.
Descripción del prototipo.